Artículos científicos

Manual para la elaboración de trabajos académicos – Libro de Santiago Koval

Manual para la elaboración de trabajos académicos – Libro de Santiago Koval

Cuando investigamos prevemos etapas, elegimos un método y utilizamos técnicas que permitan alcanzar el objetivo formulado. Sin embargo, la estructura fijada para trabajar será un espacio abierto que iremos adaptando a la diversidad de la información y cambios de curso del proceso. El presente libro, muy útil para investigadores y estudiantes, parece advertido de ese aspecto fundamental de la tarea científica. Santiago Koval explica la metodología, servicio esperable en una publicación titulada Manual para la elaboración de trabajos académicos, pero también nos aproxima con sus recomendaciones basadas en citas de expertos y experiencias a una visión realista de los alcances y limitaciones de los tipos de trabajo y géneros fundamentales para la producción y redacción de textos académicos. Su claridad y consistencia es inspiradora, teniendo en cuenta la necesidad de trabajos de investigación científica o aplicada en temas socio-humanísticos que las complejidades actuales de la Argentina están demandando.

Dr. Daniel Sinopoli,
Director del Departamento de Ciencias Sociales y Humanidades
de la Universidad Argentina de la Empresa (UADE).

Leer el prólogo de Mario Albornoz

Prefacio del libro

El proceso de la investigación científica

A finales del siglo XVII, el médico italiano Francesco Redi realizó un experimento para refutar el antiguo principio de la generación espontánea. También conocido como autogénesis o abiogénesis, este principio sostenía que la vida podía surgir de forma espontánea a partir de la materia no viva. Se oponía, así, a la teoría de la biogénesis, hoy en día universalmente aceptada, según la cual la vida se genera solo a partir de organismos vivos. El concepto de la autogénesis, mencionado ya por Aristóteles, se basaba en la observación de procesos como la putrefacción. Se había notado que podían nacer gusanos del barro, moscas de la carne podrida y todo tipo de organismos a partir de la humedad. Había, pues, para sus defensores, un mecanismo generador de vida en la materia inorgánica.

Como Francesco Redi no creía en la existencia de este principio, realizó un experimento para refutarlo. En 1668, dispuso en su laboratorio cuatro vasos que contenían, respectivamente, trozos de serpiente, pescado, anguilas y carne de buey, y los cerró de forma hermética, a fin de que no ingresara ni saliera nada de ellos. A continuación, preparó otros cuatro recipientes, que llenó con los mismos materiales, pero a estos últimos los dejó abiertos, permitiendo el ingreso de aire y de insectos. Al poco tiempo, algunas moscas fueron atraídas por los alimentos dejados en los vasos descubiertos y comenzaron a posarse sobre los trozos de carne y a dejar huevos, que pronto se convirtieron en larvas. En los vasos que habían permanecido cerrados, no pudieron ingresar; por consiguiente, no se generaron allí huevos o larvas, ni siquiera luego de varios meses. Redi llegó a la conclusión de que las larvas no se originaban por una generación espontánea surgida de la carne en descomposición, sino a partir de los huevos de las moscas que ingresaban a los vasos.

Cuando el médico italiano presentó los resultados de la investigación, sus afirmaciones fueron recibidas con enorme desconfianza. Los defensores de la autogénesis, una teoría que llevaba más de 2000 años de existencia, objetaron que en los vasos cerrados había faltado la circulación de aire, principio activo de la generación de vida. Entonces Redi, decidido a demostrar sus ideas, realizó un segundo experimento. En esta oportunidad, cubrió los vasos con finas gasas, que dejaban entrar el aire pero no a los insectos. Como las moscas no podían ingresar, no tuvo lugar la deposición de huevos ni el nacimiento de larvas. De este modo, demostró que la vida no provenía de un principio misterioso de la materia inerte, sino efectivamente de la presencia de otros seres vivos. Este simple pero inteligente experimento le permitió defender la postura de la biogénesis –reconocida en la actualidad por toda la comunidad científica– y refutar una teoría falsa que contaba con casi dos milenios de aceptación.

El camino experimental que recorrió Francesco Redi para demostrar sus ideas se conoce como un proceso de investigación. Éste se inicia cuando un investigador detecta un problema en un objeto del mundo real y, para describirlo, formula una pregunta. Para responderla, quien investiga propone una respuesta, expresada en tono afirmativo, que se conoce como hipótesis.

En principio, la comunidad científica que recibe una nueva hipótesis considerará que es eminentemente falsa, en tanto que no se ha demostrado su veracidad. Entonces, el investigador, resuelto a defenderla, deberá ponerla a prueba. En este recorrido, dispondrá de diversas alternativas no excluyentes entre sí: elaborar una reflexión original en la forma de un artículo escrito, consultar textos de otros autores o teorías validadas por las academias científicas, o experimentar con la realidad, tal como hizo el médico italiano. En todos los casos, el esfuerzo estará orientado a demostrar que la afirmación que se ha hecho acerca del objeto estudiado es correcta; y que, por ende, se ha resuelto el problema que se había propuesto resolver.

Si el investigador logra contrastar su hipótesis, es decir, si consigue demostrar su carácter de verdad por medio de criterios válidos y fiables, no tardarán en llegar otros investigadores, de igual modo interesados en indagar en su objeto de estudio. Así, se formularán nuevos problemas que, bien conducidos, desencadenarán nuevas respuestas. Cuando se hayan planteado suficientes preguntas y se hayan podido responder con hipótesis contrastadas en numerosas investigaciones, podrá ensayarse una generalización del conocimiento. Las hipótesis ya no aplicarán únicamente al objeto analizado, sino a una clase más general de objetos.

Conforme se logre generalizar el conjunto de problemas y soluciones, se propondrán teorías, leyes, principios y paradigmas. En esta sumatoria escalonada de esfuerzos, la ciencia podrá avanzar, lo mismo que el conocimiento humano acerca del mundo. En la segunda mitad del siglo XIX, a casi dos siglos de las observaciones de Redi acerca de la biogénesis, Luis Pasteur realizó una serie de experimentos similares, usando en lugar de vasos unos matraces con cuello de cisne. Sus experiencias demostraron que los microbios se originan también a partir de otros microorganismos –observación que dio lugar a sus estudios de pasteurización– y desterraron para siempre del imaginario científico la antigua teoría de la autogénesis.

Salvando las distancias, un estudiante que elabora un trabajo de investigación en el curso de su formación universitaria correrá la misma suerte que Francesco Redi. Puede ocurrir que su esfuerzo no derive en principios generales o que no logre refutar teorías con cientos de años de validez. Sin embargo, al proponer un trabajo científico, estará presentando sus ideas ante una audiencia académica. Sus afirmaciones, por consiguiente, serán puestas en duda desde un comienzo, y su actividad estará atada de pies y manos hasta tanto no demuestre la veracidad de sus hipótesis por medio de un método científico de comprobación.

El estudiante, inmerso en su ejercicio de investigación, caerá rápidamente en la cuenta de que sus opiniones, que habían sido hasta ese momento la punta de lanza de sus pensamientos, no tienen ahora peso alguno. Allí donde había subjetividad, deberá haber objetividad; allí donde se planteaban ideas desordenadas, deberá existir un orden de exposición. El alumno, entonces, tomará conciencia de que su trabajo no solo tendrá que ser capaz de detectar problemas relevantes; tampoco será suficiente con que formule unas respuestas inteligentes para su solución. Su esfuerzo, más bien, deberá concentrarse en demostrar, a un tiempo, que sus hipótesis gozan de cierto nivel de verdad y que los procedimientos que ha usado para demostrarlas han sido, en todas sus etapas, válidos y fiables. Para ello, el estudiante deberá vestirse de investigador. Si hasta el momento no se había exigido en él una postura científica, será ahora, con el trabajo de investigación, la oportunidad para hacerlo.

La elaboración de trabajos científicos en la formación universitaria

Para un joven que inicia su carrera en la universidad, la realización de un trabajo científico es un largo camino lleno de dudas e interrogantes. Antes que nada, debe enfrentarse a una actividad que desconoce por completo y a un esfuerzo que nunca se ha exigido de él en su formación secundaria o de pregrado. A su vez, debe aceptar una responsabilidad a mediano o largo plazo consigo mismo, un compromiso que le demandará días, semanas e incluso meses de labor diaria. Tiene, por último, que aplicar un método científico de trabajo, cuyas reglas desconoce.

Investigar y escribir son actividades del pensamiento que requieren de largos períodos de maduración. Para redactar un trabajo extenso y complejo, debe antes escribirse uno breve y sencillo. El proceso gradual de aprendizaje para la elaboración de textos atraviesa toda la formación de grado y de posgrado. El estudiante que debe iniciar una tesis al finalizar sus estudios no podrá alcanzar un resultado significativo si no presentó antes un ensayo, una monografía o un simple informe en el curso de las asignaturas iniciales de su licenciatura.

Escribir un trabajo de grandes dimensiones, como una tesina o una tesis, por lo pronto, requiere de encierro y de aislamiento, de soledad y de monólogos internos. Implica permanecer sentado durante extensos períodos, alejado de la vida social o del ocio. Para su redacción, se necesita de tiempo libre, pero de un tiempo con calidad conceptual: debe disponerse de una mente fresca y de un espíritu curioso y despierto. Demanda, a su vez, largas horas de lectura de textos de otros autores, un diálogo constante y silencioso con interlocutores no presentes.

Pues bien, elaborar un trabajo científico supone un enorme esfuerzo individual, al que el estudiante debe acostumbrarse de forma paulatina. Por lo común, en las licenciaturas no se presta atención a este aspecto de la educación; hay que reconocer, sin embargo, la importancia de producir trabajos científicos a lo largo de toda la carrera de grado, incluso desde el primer año. No solo porque ayudan a ordenar el pensamiento, sino porque llevan al alumno a entender su formación universitaria como un proceso activo de desarrollo intelectual, que se orienta a la formulación de problemas y a la elaboración de argumentos para su correcta solución. Se trata de un aliciente fundamental de la educación formal, mucho más fuerte, se podría decir, que la lectura pasiva de bibliografía o la asistencia a las clases teóricas tradicionales.

Por estas falencias en las propuestas académicas de muchas universidades, gran parte de los estudiantes no entrega su trabajo de promoción y pierde por ello la posibilidad de graduarse. Incluso muchos abandonan la actividad en sus inicios, en el momento en que asumen conciencia del dilatado trayecto que deben recorrer. Cuando el alumno se enfrenta a su trabajo integrador final, a su tesina o tesis, se ve obligado a realizar en unos pocos meses un proceso madurativo que insume años de crecimiento personal. Y es en esa instancia en que reconoce, en la mayoría de los casos, que no es capaz de formular por sí mismo un trabajo sólido y coherente para defender sus ideas.

Objetivos del libro

Este libro se plantea, en parte, como una propuesta de solución a todas estas falencias. Se trata de un texto introductorio al proceso de producción de conocimientos en el ámbito universitario. Un manual operativo de fundamentos teóricos y metodológicos, destinado a estudiantes que buscan introducirse en la elaboración de trabajos científicos y que precisan, para ello, de una guía de pautas claras y ordenadas acerca de sus etapas, procesos y modos de enunciación.

El libro procura abarcar el proceso completo de las tareas de investigación y redacción científicas, desde la definición del objeto de estudio, la detección de un problema y la formulación de una hipótesis, al desarrollo de un diseño metodológico destinado a comprobarlas, y la presentación de resultados y conclusiones finales. En este sentido, puede servir tanto a tesistas que deban realizar su trabajo final, su tesina de grado o su tesis de posgrado, como a estudiantes de diversas disciplinas que tengan que elaborar trabajos escritos a lo largo de su carrera. Asimismo, puede ser útil para aquellos investigadores o becarios que se inician en la investigación y que desean mejorar sus habilidades metodológicas de trabajo o sus destrezas retóricas de redacción científica. Aunque esté orientado a las ciencias sociales y a las humanidades en particular, algunos de sus métodos, fórmulas y definiciones pueden aplicarse, más ampliamente, a otras áreas de la ciencia.

Este trabajo combina la descripción de las etapas principales de todo proceso de investigación y la definición de las reglas formales y temáticas de la elaboración del texto escrito que debe resultar de dicho proceso. Uno de los principios rectores de este manual radica, precisamente, en la noción de que investigación y redacción componen una unidad procedimental, dialéctica e indisoluble, y en la idea de que el producto textual ha de entenderse como el correlato inseparable de un proceso de investigación subyacente.

Limitaciones del libro

No se busca ensayar aquí una definición general, y menos una clasificación exhaustiva, del concepto de ciencia o de sus métodos de obtención de verdades. No es un libro de metodología per se; no aspira a ser una reflexión sobre el conocimiento científico, como tampoco una descripción de las disciplinas filosóficas que indagan acerca de sus condiciones de producción. No se plantea, tampoco, como una revisión profunda de la historia de la ciencia ni de la evolución de sus técnicas de aproximación. Del mismo modo, no se intenta dar cuenta de las diferencias teóricas y epistemológicas que existen entre las diversas clases de conocimiento.

Estas empresas del pensamiento han sido llevadas a cabo por diversos autores, desde las reflexiones de Platón y Aristóteles hasta las propuestas minuciosas de nuestros pensadores contemporáneos; el lector podrá encontrar documentadas sus referencias en la sección dedicada a la bibliografía y, en caso de que desee expandir su comprensión acerca del conocimiento científico, podrá acudir a sus valiosas fuentes de información. No hace mayor sentido, pues, repetir cosas ya dichas por los grandes filósofos de la ciencia. En el acervo documentado de nuestra historia científica, se encuentran cuantiosos volúmenes con mayor calibre conceptual del que jamás pudiera conseguirse en una sola vida humana.

Organización del texto

Este manual podrá ser leído, naturalmente, como una obra completa, de inicio a fin. Pero he pensado su estructura de forma modular, procurando generar bloques de información relativamente independientes entre sí, que podrán ser abordados de manera individual por un lector interesado en conocer aspectos precisos de la producción del conocimiento. En el índice podrá encontrarse, al respecto, la referencia ordenada a cada una de sus partes y divisiones.

Se trata de un libro activo, que reconoce la concurrencia motivada de un estudiante interesado en construir su propio camino de formación. En tanto, sus propuestas metodológicas no son definitivas ni universales, sino que deben asumir una forma particular cuando se aplican al molde de cada objeto de estudio. El trabajo del lector radicará, de esta forma, en reconocer cuáles aspectos son esenciales y cuáles accesorios o directamente innecesarios para su tarea puntual de investigación.

Desde un punto de vista conceptual, el libro se divide en dos grandes partes. La primera (Capítulo 1 y Capítulo 2) está destinada a presentar una introducción al método, la investigación y la redacción científicas. Se ensayan allí definiciones de cada uno de estos términos y se realizan algunas aclaraciones que aplican por igual a todo trabajo científico. A su vez, se presenta una tipología, en aras de definir la estructura y lógica de organización textual de los tipos de trabajos más frecuentes en el entorno universitario (tesis, monografías, ensayos, investigaciones por encuestas, papers, entre otros). Se incluye, en esta clasificación, un capítulo escrito por Pablo Provera, que recorre en detalle los pasos de elaboración de los trabajos aplicados a los negocios.

La segunda parte (Capítulo 3 y Capítulo 4) es más específica. En ella, se propone una descripción exhaustiva de las etapas teórico-metodológicas de todo proceso científico de investigación y redacción; en particular, orientada a esfuerzos de especial extensión y complejidad, como los trabajos de integración final, las tesinas, las tesis o los proyectos de investigación. En esta revisión, se hace hincapié en la definición de los componentes lógicos de una investigación científica y en su paso posterior a la estructura secuencial de un texto escrito.

Espero que este manual sea útil como guía metodológica a lo largo de la carrera del estudiante de grado y de posgrado, desde sus primeros pasos de formación hasta sus últimas etapas de presentación y defensa de tesis. He cuidado especialmente el uso del lenguaje, a fin de encontrar un punto medio entre la precisión terminológica y los modos libres e informales de la expresión cotidiana. Esta motivación se orienta a facilitar su lectura y reconocimiento por los diversos niveles de la educación formal.
Por último, debo aclarar que algunas de las reglas recomendadas para la elaboración de trabajos científicos no se cumplen a rajatabla en este libro. Esto no debe entenderse como una contradicción. Como se explicará más adelante, cada texto debe ajustarse a regulaciones editoriales y a un marco institucional de legitimación, que imponen desde arriba un orden expositivo a su forma y contenido. Uno de los corolarios que pueden extraerse de este escrito, precisamente, es que un trabajo científico no es otra cosa que un esfuerzo intelectual destinado a adecuar ideas propias a moldes ajenos.

Santiago Koval,
Buenos Aires, 2011.